
Viajar en bus no es de lo mejor (parafraseando la canción del tren, "andar en tren, es de lo mejor, se tira el cordel, y se para el tren..."); la empresa Tur-Bus se supone es la más grande y mejor en calidad de servicio, pero uno nunca sabe lo que le va a tocar: el servicio clásico Los Sauces-Santiago cuesta $5.700, si es de noche ofrece "desayuno" (medio vaso de café y un mini galletón de avena... el 50 % de las veces sólo me tocó la galleta), apagan la luz a las 11 P.M (una tortura para mí, que suelo llevar un libro para el viaje si no hay películas que ver, que últimamente ha sido lo más frecuente), ya no hacen el clásico bingo, y aunque por fuera se ven bien, pueden presentar defectos ocultos, como fue el caso en esta ocasión. Punto a favor: he viajado en otras líneas, recorridos más cortos (digamos, 3 a 4 horas) y ni les cuento, da pena.
Llegué a Santiago de noche, pues viajé de día esta vez, siguiendo un consejo de mi madre... apestada por el retraso, pero con un buen recibimiento (una rica once), con una sensación extraña: a minutos de llegar al Terminal, veo las micros amarillas y las Transantiago, la congestión vehicular, las casas, calles, basura y demases, una suerte de "bienvenida a la jungla", a lo que me es familiar, la ciudad y mi casa... cuando más comienzo a valorar todo eso, ya lo tengo que dejar, todo indica que será así.